Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Artículos de Fe 1:1).
la verdadera naturaleza de los miembros de la Trinidad
las funciones que tiene cada uno de nosotros para cumplir con el Plan de Salvación de nuestro Padre Celestial.
comprender mejor su identidad divina y su propósito como hijo o hijas de Dios.
Prepararse espiritualmente
¿Qué sabemos acerca de la naturaleza de la Trinidad?
La Trinidad incluye a Dios el Eterno Padre, el Salvador Jesucristo y el Espíritu Santo. Aunque los miembros de la Trinidad son seres individuales, con misiones diferentes, son uno en propósito. Están perfectamente unidos con el fin de llevar a cabo el Plan de Salvación del Padre Celestial.
¿Cómo puedo conocer a mi Padre Celestial?
Somos hijas de nuestro Padre Celestial; Él nos ama y desea que nos acerquemos a Él. Nos ha dado la oportunidad de orarle a Él y nos ha prometido que escuchará y contestará nuestras oraciones. También podemos llegar a conocerlo al estudiar las Escrituras y las palabras de los profetas de los últimos días, así como al esforzarnos por llegar a ser más como Él al seguir Su plan.
¿Por qué Jesucristo es importante en mi vida?
Jesucristo fue escogido para ser nuestro Salvador. Su Expiación hace posible que resucitemos, nos arrepintamos y seamos perdonados para poder regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. Además de salvarnos de nuestros pecados, Jesucristo, nuestro Salvador, también nos ofrece paz y fortaleza en tiempos de pruebas. Él establece el ejemplo perfecto para nosotros, y Sus enseñanzas son el fundamento de la felicidad en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero.
¿Cuáles son las funciones del Espíritu Santo?
El Espíritu Santo, un miembro de la Trinidad, da testimonio del Padre Celestial y de Jesucristo. Él es la fuente del testimonio personal y la revelación; nos puede guiar en nuestras decisiones y nos protege del peligro físico y espiritual. Se le conoce como el Consolador y puede calmar nuestros temores y llenarnos de esperanza. Por medio de Su poder, somos santificados al arrepentirnos, recibir las ordenanzas salvadoras y guardar nuestros convenios. Es por medio de la influencia del Espíritu Santo que recibimos el conocimiento de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo, y sentimos Su poder, bondad y amor.
¿Quién soy y quién puedo llegar a ser?
Somos hijas espirituales de Padres Celestiales que nos aman y, como tales, tenemos una naturaleza y un destino divinos. Por designio divino, tenemos dones y talentos únicos que nos ayudarán a cumplir con nuestro destino como hijas de Dios. Saber quiénes somos le da un propósito a nuestra vida y nos ayuda a tomar decisiones correctas.
“Ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).
el Plan de Salvación.
El hecho de saber que vivimos con nuestro Padre Celestial antes de nacer y que Él nos envió a la tierra con un propósito divino puede ayudarl a ver sus padecimientos y desafíos desde una perspectiva eterna.
El saber que ser mujer es parte de la identidad eterna puede ayudarnos a desarrollar nuestos dones divinos y a prepararnos para el futuro. Saber que el albedrío es un don y que tendremos que rendir cuentas de nuestros actos nos puede inspirar a tomar decisiones basadas en principios eternos, en lugar de en modas pasajeras o por ceder a la presión de las amistades.
La expiación de Jesucristo
“He aquí, os digo que debéis tener esperanza, por medio de la expiación de Cristo” (Moroni 7:41).
Las reseñas de esta unidad ayudarán a las jóvenes a “[venir] a Cristo… y [a participar] de su salvación y del poder de su redención” (Omni 1:26). A medida que lleguen a comprender la Expiación y el poder que tiene en sus vidas, recibirán fortaleza para vencer el pecado y la adversidad mediante la gracia del Salvador. Encontrarán paz y sanidad. El amor y el compromiso que sienten hacia el Salvador se hará más profundo y tendrán un mayor deseo de compartir su testimonio de Él con los demás.
Reseñas de aprendizaje
Procure la inspiración del Espíritu al seleccionar de las siguientes reseñas. Utilice como guía las preguntas y los intereses de las jóvenes cuando decida lo que va a enfatizar de esta unidad y cuánto tiempo dedicará a cada tema.
La finalidad de estas reseñas no es indicarle lo que tiene que decir y hacer en la clase, sino que han sido diseñadas para ayudarle a aprender la doctrina y preparar experiencias de aprendizaje adaptándolas a las necesidades de las jóvenes a las que enseña.
¿En qué consiste la expiación de Jesucristo?
La Expiación es el sacrificio que Jesucristo efectuó con el fin de ayudarnos a vencer el pecado, la adversidad y la muerte. El sacrificio expiatorio de Jesús se realizó en el huerto de Getsemaní y en la cruz del Calvario. Él pagó el precio por nuestros pecados, tomó sobre Sí la muerte y resucitó. La Expiación es la expresión suprema del amor de nuestro Padre Celestial y Jesucristo.
Prepararse espiritualmente
¿Qué pasajes de las Escrituras y discursos ayudarán a las jóvenes a sentir el significado de la Expiación y comprender el sacrificio que el Salvador hizo por ellas?
Mateo 26–27 (Jesucristo pagó el precio de nuestros pecados y tomó sobre Sí nuestros dolores en Getsemaní y en la cruz)
Mateo 28:1–10 (Jesucristo venció la muerte mediante Su resurrección)
2 Nefi 9:6–16 (Jesucristo venció el pecado y la muerte mediante Su expiación)
Alma 7:11–13 (Jesucristo tomo sobre Sí nuestros dolores, enfermedades, aflicciones y pecados)
aparece a continuación. Con el título “El Cristo Viviente”, esta declaración da testimonio del Señor Jesucristo y es un resumen de Su identidad y Su divina misión:
“Al conmemorar el nacimiento de Jesucristo hace dos
milenios, manifestamos nuestro testimonio de la realidad de
Su vida incomparable y de la virtud infinita de Su gran sacrificio expiatorio. Ninguna otra persona ha ejercido una influencia tan profunda sobre todos los que han vivido y los
que aún vivirán sobre la tierra.
“Él fue el Gran Jehová del Antiguo Testamento y el
Mesías del Nuevo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre,
Él fue el Creador de la tierra. ‘Todas las cosas por él fueron
hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho’
(Juan 1:3). Aun cuando fue sin pecado, fue bautizado para
cumplir toda justicia. Él ‘anduvo haciendo bienes’ (Hechos
10:38) y, sin embargo, fue repudiado por ello. Su Evangelio
fue un mensaje de paz y de buena voluntad. Él suplicó a todos que siguieran Su ejemplo. Recorrió los caminos de
Palestina, sanando a los enfermos, haciendo que los ciegos
vieran y levantando a los muertos. Enseñó las verdades de la
eternidad, la realidad de nuestra existencia premortal, el propósito de nuestra vida en la tierra y el potencial de los hijos y
de las hijas de Dios en la vida venidera.
“Instituyó la Santa Cena como recordatorio de Su gran
sacrificio expiatorio. Fue arrestado y condenado por acusaciones falsas, se le declaró culpable para satisfacer a la multitud y se le sentenció a morir en la cruz del Calvario. Él dio Su
vida para expiar los pecados de todo el género humano. La
Suya fue una gran dádiva vicaria en favor de todos los que
habitarían la tierra.
“Testificamos solemnemente que Su vida, que es fundamental para toda la historia de la humanidad, no comenzó en
Belén ni concluyó en el Calvario. Él fue el Primogénito del
Padre, el Hijo Unigénito en la carne, el Redentor del mundo.
“Se levantó del sepulcro para ser las ‘primicias de los que
durmieron’ (1 Corintios 15:20). Como el Señor Resucitado,
EL CRISTO VIVIENTE
Al conmemorar el nacimiento de Jesucristo hace dos
milenios, manifestamos nuestro testimonio de la
realidad de Su vida incomparable y de la virtud
infinita de Su gran sacrificio expiatorio. Ninguna otra persona
ha ejercido una influencia tan profunda sobre todos los que
han vivido y los que aún vivirán sobre la tierra.
Él fue el Gran Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías
del Nuevo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre, Él fue
el Creador de la tierra. “Todas las cosas por él fueron hechas,
y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3).
Aun cuando fue sin pecado, fue bautizado para cumplir toda
justicia. Él “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38) y, sin
embargo, fue repudiado por ello. Su Evangelio fue un mensaje
de paz y de buena voluntad. Él suplicó a todos que siguieran
Su ejemplo. Recorrió los caminos de Palestina, sanando a los
enfermos, haciendo que los ciegos vieran y levantando a los
muertos. Enseñó las verdades de la eternidad, la realidad de
nuestra existencia premortal, el propósito de nuestra vida en
la tierra y el potencial de los hijos y de las hijas de Dios en la
vida venidera.
Instituyó la Santa Cena como recordatorio de Su gran sacrificio expiatorio. Fue arrestado y condenado por acusaciones falsas, se le declaró culpable para satisfacer a la multitud y se le sentenció a morir en la cruz del Calvario. Él dio Su
vida para expiar los pecados de todo el género humano. La
Suya fue una gran dádiva vicaria en favor de todos los que
habitarían la tierra.
Testificamos solemnemente que Su vida, que es fundamental para toda la historia de la humanidad, no comenzó en
Belén ni concluyó en el Calvario. Él fue el Primogénito del
Padre, el Hijo Unigénito en la carne, el Redentor del mundo.
Se levantó del sepulcro para ser las “primicias de los que
durmieron” (1 Corintios 15:20). Como el Señor Resucitado,
anduvo entre aquellos a los que había amado en vida.
También ministró entre Sus “otras ovejas” (Juan 10:16) en la
antigua América. En el mundo moderno, Él y Su Padre
aparecieron al joven José Smith, iniciando así la largamente
prometida “dispensación del cumplimiento de los tiempos”
(Efesios 1:10).
Del Cristo Viviente, el profeta José escribió: “Sus ojos eran
como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como
la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del
sol; y su voz era como el estruendo de muchas aguas, sí, la voz
de Jehová, que decía:
“Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue
muerto; soy vuestro abogado ante el Padre” (D. y C. 110:3–4).
De Él, el Profeta también declaró: “Yahora, después de los
muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!
“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz
testificar que él es el Unigénito del Padre;
“que por él, por medio de él y de él los mundos son y
fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas
para Dios” (D. y C. 76:22–24).
Declaramos en palabras de solemnidad que Su sacerdocio
y Su Iglesia han sido restaurados sobre la tierra, “edificados
sobre el fundamento de… apóstoles y profetas, siendo la
principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20).
Testificamos que algún día Él regresará a la tierra. “Y se
manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la
verá” (Isaías 40:5). Él regirá como Rey de reyes y reinará
como Señor de señores, y toda rodilla se doblará, y toda
lengua hablará en adoración ante Él. Todos nosotros compareceremos para ser juzgados por Él según nuestras obras y
los deseos de nuestro corazón.
Damos testimonio, en calidad de Sus apóstoles debidamente ordenados, de que Jesús es el Cristo Viviente, el inmortal Hijo de Dios. Él es el gran Rey Emanuel, que hoy está a la
diestra de Su Padre. Él es la luz, la vida y la esperanza del
mundo. Su camino es el sendero que lleva a la felicidad en esta
vida y a la vida eterna en el mundo venidero. Gracias sean
dadas a Dios por la dádiva incomparable de Su Hijo divino.
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